Cultura

Agustín De Luca vuelve al policial para explorar los límites de la verdad judicial

En “El gesto final”, el escritor y abogado construye una historia narrada desde la mirada de un juez que se obsesiona con un crimen inexplicable. Mediante una trama que mantiene el suspenso con maestría, la novela pone en escena los pasillos de Tribunales desde un registro cinematográfico y con hondas reflexiones literarias.

Por Rocío Ibarlucía

En una estación de subte casi vacía, una mujer conversa apenas unos segundos con un hombre. Ella sonríe. Él la empuja a las vías. No se conocen, no hay un vínculo aparente ni una explicación inmediata. A partir de esa escena inquietante, Agustín De Luca construye “El gesto final” (La Crujía), una novela policial que desplaza el enigma clásico del quién hacia el porqué.

La historia está narrada desde la perspectiva de un juez habituado a procesar la violencia cotidiana, que se enfrenta a un caso que resiste la lógica judicial. La necesidad de entender lo lleva a cruzar límites: investiga por fuera del expediente, pone en riesgo su carrera y empieza a escribir una novela que, poco a poco, se vuelve inseparable de su propia vida.

Con una trama que sostiene con maestría literaria el suspenso, De Luca indaga tanto en los mecanismos de la justicia como en las zonas más opacas de la experiencia humana. Entre los pasillos de Tribunales y la literatura, la novela abre una interesante pregunta: ¿qué puede decir la ley y qué solo puede narrar la ficción?

Abogado penalista y docente de Derecho Penal en la UBA, De Luca viene construyendo una obra en la que el policial funciona como herramienta para explorar otros territorios. En “El judicial” se adentró en el funcionamiento del sistema judicial y en “Los incidentes” reflexionó sobre la literatura y el mundo editorial. En esta nueva novela retoma esas búsquedas y suma referencias literarias y cinematográficas para pensar los límites entre la verdad jurídica y la verdad narrativa.

“La literatura nos deja explorar los mismos problemas éticos, filosóficos o jurídicos que vamos a encontrar en el derecho, pero de una forma más libre, porque no está comprometida con ninguna función”, dice el autor en esta entrevista con LA CAPITAL, en la que también habla sobre las obsesiones que atraviesan su obra.

—¿Cómo surgió el universo narrativo que construís en “El gesto final”?

—La primera idea para la novela, la primera que recuerdo al menos, era bastante abstracta: quería contar de forma paralela la vida de un juez y la del hombre al que tiene que juzgar. Cómo un hombre llega a pararse frente a un juez, después de haber cometido un acto terrible, con toda una historia, toda una vida encima y, frente a él, tiene a un tipo que también tiene una vida, una historia, probablemente distinta en muchos aspectos, pero con puntos de contacto. Mi idea original era que un narrador en tercera persona fuera reconstruyendo esas dos vidas en paralelo hasta el momento en el que se unieran. No sabía todavía qué había hecho ese acusado, ni qué los podía unir, pero lo que me interesaba era contar esas historias con cierta simetría. Después, se me ocurrió que podría ser más interesante ver cómo el juez reconstruía la vida de ese hombre, cómo se iba obsesionado con detalles menores, hasta el punto de conocerlo tanto que la posibilidad de enjuiciarlo se fuera haciendo cada vez más difícil. Pero para que el juez se metiera en la vida del acusado hasta el punto en el que yo quería, para que pusiera en riesgo su carrera, tenía que haber algo en la historia, un buen enigma que le quitara el sueño y lo llevara a obsesionarse con el caso.

—La novela parte de un crimen cuyo autor conocemos desde el inicio. ¿Qué te interesaba explorar al desplazar el enigma del “quién” al “por qué” y qué desafíos implicó esta decisión a la hora de sostener el suspenso?

—Es una tradición que tiene su historia. Si uno piensa en novelas como “A sangre fría” de Capote, “El túnel” de Sábato o, por qué no, “Crimen y castigo” de Dostoievsky, la identidad de los responsables está clara desde el comienzo, y la indagación pasa por intentar entender por qué sucedió lo que sucedió. El antecedente obvio, al que nadie llamaría un policial y sin embargo juega con una intriga muy similar, es “El ciudadano Kane” de Orson Welles: la excusa de la investigación es intentar entender qué significa Rosebud, la última palabras de Kane, pero lo que termina haciendo el investigador es un intento de reconstruir al hombre, de entender quién era y cómo llegó a ser.

No sentí que ese desplazamiento representara un desafío adicional a la hora de generar suspenso. De hecho, la mayoría de los policiales de enigma están construidos en torno a comprender el porqué de una acción, solo que esa pregunta es un medio para descubrir la identidad del culpable. Que la identidad no sea una incógnita y el eje del enigma esté en entender las razones tiene sus ventajas: lo desconocido está ahí frente a vos, en un hombre que se niega a hablar, y eso te da la excusa para explorar la psicología de esa persona, de hacer el intento, siempre condenado al fracaso, de conocer al otro, de encontrar la clave que lo explique.

“El gesto final” fue publicado por la editorial La Crujía.

—En “El judicial” trabajaste los pasillos de Tribunales y en “Los incidentes”, una reflexión sobre la literatura y los géneros. ¿Qué tema te propusiste explorar en esta nueva novela?

—¿Regresar a los pasillos de los Tribunales? Lo digo un poco en broma, pero no del todo. Por un lado, me interesa trabajar el sistema judicial como escenario de la novela policial, porque me parece un territorio rico y no tan explorado como podría estar. Todo el mundo parece tener curiosidad sobre lo que pasa en Tribunales, pero al mismo tiempo no se tiene una idea muy clara de cómo funciona ese mundo por dentro: cómo trabaja un juez, qué rol cumplen sus asesores, cómo se organiza un juicio, etcétera. Me parece un territorio fértil para contar policiales y, al mismo tiempo, el policial me parece una buena excusa para narrar ese mundo. Me interesa sobre todo trabajar la perspectiva de cada una de las piezas que conforman ese sistema: en “El judicial” intenté mostrar la vida de un empleado raso, en “El gesto final” trabajar con la figura del juez, y tengo el proyecto de publicar dos libros más en esta línea, explorando el rol de un fiscal y el de un defensor público.

Por otro lado, me interesaba explorar la pregunta por la verdad dentro de un proceso penal. La historia que se puede reconstruir en un juicio siempre tiene unos límites muy marcados y acotados. Hay que probar si el hecho existió y si el imputado es responsable, sus motivos pueden ser relevantes en algunos casos, sus circunstancias personales también, pero detrás de los pocos datos que se establecen siempre va a haber un universo de detalles que quedan afuera. Es muy probable que en todo caso penal existan causas implícitas, enterradas en el pasado o en el contexto, que hayan tenido influencia en cómo sucedieron los hechos. Pero el juez y las partes no pueden hacer el trabajo del novelista, no pueden indagar durante años en la infancia del imputado para entender cuándo se puso en marcha la cadena causal que influyó (o determinó) ese resultado. Y ahí aparece el trabajo del novelista, que puede encarar esos mismos hechos con otras herramientas, con otra libertad.

Hay un momento muy bueno en “La llamada”, el último libro de Leila Guerriero, en el que se narra la declaración de Silvia Labayru, una sobreviviente de la ESMA, que dice que estuvo siete horas frente a los jueces, contándoles el calvario que vivió, el secuestro, el cautivero, la tortura, y que cuando terminó le preguntaron si quería agregar algo más. Por supuesto que quería agregar más, dice Labayru, pero ¿cómo contener todo ese horror en siete, diez o veinticuatro horas de declaración?

—¿Qué diálogos, cruces o tensiones encontrás entre la verdad jurídica y la verdad narrativa?

—Bueno, existe esa tensión, cosas que se pueden decir o explorar narrativamente y que siempre van a quedar afuera de un proceso penal. La narración que contiene una sentencia está dirigida a dirimir un conflicto y a establecer responsabilidades, y lo hace de manera reglada, con límites impuestos por el derecho constitucional y las reglas del procedimiento. El derecho penal es reacio a la complejidad, necesita simplificar una historia para poder contarla, para poder decir que alguien es responsable, que alguien fue víctima, que lo que alguien hizo no está justificado ni disculpado, etcétera. Un derecho que no realice cierto recorte, cierta simplificación, sería impracticable.

La literatura, en cambio, permite aproximarse al derecho penal y a los problemas de los que se ocupa desde afuera, con una mirada que, al no tener ningún tipo de obligación (más que la de ser un objeto estético), puede adentrarse en territorios que el derecho, por su propia naturaleza, tiene vedados. Nos deja explorar los mismos problemas éticos, filosóficos o jurídicos que vamos a encontrar en el derecho, pero de una forma más libre, que no está comprometida con ninguna función.


“Creo que uno siempre escribe para librarse de una obsesión, para darle forma a algo que te hace ruido y no podés resolver. Casi siempre se fracasa, por supuesto, pero igual vale la pena el intento”.


—El protagonista es un juez que decide investigar por su cuenta y, además, escribir una novela. Vos sos, además de escritor, abogado penalista y docente de derecho penal. ¿Cuánto influye tu experiencia profesional en la construcción del personaje?

—Empiezo por el final. En la construcción de personajes siempre aparecen rasgos de gente que uno conoce, pero nunca, al menos en mi caso, se da de una forma directa. Por lo general, la mayor parte de los personajes son una mezcla de rasgos distintos, y de uno mismo, tamizados por la imaginación.

Contra la máxima de escribir acerca de lo que uno conoce, creo que uno tiene que escribir acerca de lo que le apasiona, y si no lo conoce, es cuestión de investigarlo. Mis roles en el mundo del derecho me suman ciertos conocimientos técnicos que sirven para contar el tipo de historia que me interesa, sobre todo en la elaboración de cómo funciona un tribunal por dentro, algunas discusiones jurídicas o académicas que pueden ser interesantes, como la forma en la que se gradúa una pena dentro de una escala (un homicidio puede tener una pena que va entre 8 a 25 años, y las razones que te lleven a estar más cerca del mínimo o del máximo tienen un impacto inmenso en la vida de la persona condenada) o la discusión acerca de la justificación del castigo, que es un tema que me obsesiona, como al protagonista de la novela. Creo que uno siempre escribe acerca de alguna obsesión, escribe para librarse de esa obsesión, para darle forma a algo que te hace ruido y no podés resolver. Casi siempre se fracasa, por supuesto, pero igual vale la pena el intento.

 

Las novelas publicadas por Agustín De Luca.

 

—Nuevamente aparece un personaje que escribe: hay una novela dentro de la novela. ¿De dónde surge tu interés por lo metaliterario, por reflexionar sobre el acto de escribir dentro de la ficción?

—Probablemente el interés por lo metaliterario venga del hecho de que siempre me acerqué al mundo de la literatura desde afuera. No tengo una formación en Letras, al menos no una formación ordenada. Tengo conocimientos dispersos, inconexos, incompletos, y por eso tal vez me haya interesado en usar la novela como plataforma para reflexionar sobre la escritura. Desde que leí “Magias parciales del Quijote”, el ensayo hermoso ese de Borges en el que relata los momentos increíbles en los que la novela de Cervantes parece doblarse sobre sí misma, mirarse a sí misma, como el capítulo en el que el cura y el barbero revisan la biblioteca de Alonso Quijano y encuentran libros de Cervantes, o todos los juegos de los duques en la segunda parte, que ya leyeron la primera y por eso saben quién es Don Quijote y le siguen el juego en su locura. Además, la metanarrativa es un recurso al que se le puede sacar mucho provecho narrativo: no sólo contás una historia dentro de la historia, sino que también introducís esa historia como un objeto que puede tener un impacto, que opera dentro del mundo ficcional y puede afectar a los personajes y exponerlos de diversas maneras.

—En “Los incidentes” rendías homenaje al policial de enigma y al relato del cuarto cerrado. ¿En qué tradición del género inscribirías “El gesto final”?

—En la novela intento jugar el juego en el que se inscriben la mayoría de los mejores policiales contemporáneos: conservar el enigma como deuda del policial clásico, pero incluirlo en una historia en la que la vida del investigador, que es un hombre fallido, un hombre lleno de dudas acerca de la vida que viene llevando, esté muy presente. Que la investigación sea, al mismo tiempo, un punto de fuga de esa vida y la causa de nuevos problemas. También hay un intento de homenajear el mundo del cine, ahí aparecen algunos directores y películas a las que les debo mucho, como “Caché” de Haneke o “Exótica” de Atom Egoyan, películas muy distintas pero que son, cada una a su manera, indagaciones similares a la que intenté llevar a cabo en la novela.


“Tribunales me parece un territorio fértil para contar policiales y, al mismo tiempo, el policial me parece una buena excusa para narrar el mundo judicial”.


—¿Qué tipo de preguntas te gustaría que queden resonando en el lector al terminar la novela?

—Sin entrar en territorio de spoiler, el libro termina con una pregunta, una pregunta a la que el protagonista no puede dar una respuesta. Si el lector pierde unos minutos de su vida pensando en qué hubiera hecho él en su lugar, yo me doy por satisfecho.

—Después de este libro, ¿hacia dónde se está desplazando tu escritura?

—Con mi próxima novela, que probablemente salga también este año, me alejo un poco del registro policial, y digo un poco solamente porque si bien la trama no tiene ninguno de los condimentos del género, hay un intento de llevar parte de la forma policial a otros territorios. Es la historia de una mujer, que nunca tuvo un vínculo con la literatura, que nunca leyó por placer, pero que es hija de un gran lector. La novela empieza cuando el padre fallece y ella tiene que lidiar con la biblioteca paterna; el resto de la familia está desinteresada y se la quiere sacar de encima de la forma más práctica posible y entonces queda en ella ver qué se puede hacer con esos libros.

También estoy trabajando en un policial juvenil. Es un proyecto al que todavía le falta, pero la idea básica es la de una chica de trece años que está obsesionada con tener su propia agencia de detectives, como en las novelas negras que lee a escondidas. Admiro mucho a Pablo De Santis y al trabajo que viene haciendo con el género y cómo lo logra adaptar a los lectores más jóvenes. De hecho, su último libro de cuentos, “La inspiración y otros casos del Señor Feng”, está catalogado como literatura para jóvenes, pero tranquilamente podría ser un libro para adultos. Cada cuento es una obra de arte, uno más ingenioso que el otro, y todo escrito con una prosa bellísima. Es el tipo de libro que, si un chico lo agarra en el momento justo, le puede despertar un amor por la literatura que le dure para toda la vida.

Te puede interesar

Cargando...
Cargando...
Cargando...